En la cima (V)

Carlos February 5th, 2010


Y se lanzó:

- Perdona, ¿te puedo hacer una pregunta?

- Claro, por supuesto. Dispara.

- Acabamos de llegar, somos nuevos y no conocíamos esta bibl…este lugar, vaya.

- ¿Cómo? ¿Y cómo habéis entrado?

- Encontramos la llave en la ventana, y ya sabes, la curiosidad mató al gato. Espero que no te haya molestado.

- No, es igual. De hecho, la llave está ahí por algo. No te preocupes.

Sebas superó la tensión del momento y se relajó cuando escucho esa última frase de Lupo.

- Empezaré por el principio. Estáis en una biblioteca, si. No tiene nombre, pero al menos yo la conozco como la biblioteca de
Augusto, supongo que el resto de gente le habrá puesto otro nombre diferente.

- Te escucho – Sebas se sentó en la otra silla, y Toni hizo lo mismo pero en el suelo, abrazándose las rodillas con ambos brazos – ¿por qué de Augusto?

- Augusto es otro senderista, ya con bastantes dolores en su cuerpo como para subir aquí. Pero fue él quien inició “esto”.

- ¿”esto”?

- Si, él desde siempre, desde niño frecuentó estos caminos. Subía aquí a disfrutar del campo, de la soledad y de las vistas. Era muy feliz recorriendo estos caminos. Tenía una costumbre muy particular cuando subía aquí, se apartaba del camino principal y se metía por el bosque, buscaba un árbol y se sentaba en el suelo, apoyándose en él, sacaba el libro que estuviera leyendo en ese momento y se ponía a leer un rato. Y así se pasó mucho tiempo, pero luego pensó que si escondía bien el libro, no tendría que estar subiendo y bajándolo cada vez que venía, que creedme, era muy a menudo. Buscó un buen escondrijo y metió el libro, y durante años, pasó tiempo subiendo aquí a leer, sin libro en la mochila, salvo cuando había terminado el libro y tenía que traer otro

- Qué curioso.

- Algún día subía algún libro de más y lo escondía junto a otros, tenía ya unos cuantos aquí escondidos. Hasta que alguien, descubrió el escondite.

- Y se los robaron – dijo Toni.

- No, afortunadamente la persona que lo encontró tenía buen corazón y no robó ningún libro, pero si que cogió uno, a cambio dejó el que llevaba en la mochila ese día. Pasó el tiempo y fueron intercambiando libros, primero esas dos personas pero luego se añadieron más. Obviamente, había que dar una solución, porque a aquel ritmo llenarían la montaña de libros.

- ¿Qué hicieron? – preguntó Sebas.

- Augusto decidió construir esta pequeña sala. Con sus propias manos, y la ayuda de familia y amigos la construyeron casi de forma clandestina, haciéndola parecer vieja y ruinosa, para que nadie se extrañara, la idea era convencer al que no conocía el juego de los libros que esto era una ermita abandonada, cerrada por las autoridades y sin posibilidad de ser visitada. Gracias a la ayuda de tanta gente, pronto quedó inaugurada esta biblioteca. Augusto puso sus reglas, después de todo, era el artífice y no quería que se descontrolara. Las reglas eran simples, todo aquel que quisiera sacar un libro de la biblioteca debía dejar otro a cambio, al menos uno pero podía dejar más si quisiera, y aunque no había plazo para devolverlo, tarde o temprano debía hacerlo y traerlo de vuelta. Como tercera y última regla, nadie debe decir nada sobre este sitio a nadie excepto a su familia más cercana que inevitablemente se podía preguntar de donde salían los libros que llevaba alguien a casa.

- Increíble. Me parece increible que algo así haya pervivido durante… ¿Cuánto? ¿dos, tres, cinco años? – preguntó Toni, entusiasmado.

- Muchos más, casi treinta ya. La historia completa, más detallada, la podéis encontrar en algún libro de la biblioteca, un compañero la escribió en señal de gratitud a Augusto.

- Tengo una duda. El que no aparezca en el mapa, ¿es casualidad?

- No – Lupo esbozó una sonrisa – Augusto confiaba mucho en la gente, pero en el fondo sabía que si aparecía en el mapa, esto se llenaría y más pronto que tarde, alguien se aprovecharía de la situación. Un libro no vale nada, pero si es gratis, la gente lo cogería sin miramientos, ¿no?

- Si, me temo que si – dijo Sebas – ¿cómo lo hizo entonces?

- Augusto era cartógrafo de profesión. Se ofreció al ayuntamiento para elaborar los nuevos mapas de los montes, haciéndole creer que los antiguos estaban obsoletos y contenían muchos errores. Realmente no había tantos, pero Augusto les convenció que era necesarió elaborar los mapas desde cero y se ofreció a hacerlo gratis para conseguir que el ayuntamiento le aceptara como cartógrafo.

- Claro, y así consiguió dejar esto en blanco totalmente.

- Exacto. Lo dejó en blanco, nadie en el ayuntamiento se preocupó de cotejar nada, se imprimieron y distribuyeron los mapas; y hoy día afortunadamente, a la vista está, sigue apareciendo en blanco sin que nadie haya hecho nada.

- ¿Podemos curiosear?

- Por supuesto, ya conocéis las reglas, respetadlas por favor.

- Confía en nosotros, lo haremos.
Estuvieron un rato ojeando los libros, ya no pasaban sus manos sobre los lomos con miedo, ya lo hacían convencidos, como si estuvieran en una biblioteca de la gran ciudad. Eligieron uno cada uno y dejaron los que habían traído. No habían terminado de leerlos, pero no les importaba, de alguna manera, al cambiar los libros se sentían parte de aquel proyecto de Augusto, de aquella original idea y eso les compensaba.

- ¿Debemos dejar los libros en algún lugar especial? – preguntó Toni.

- No, dejadlos dónde queráis, en cualquier estanteria. Algún día deberíamos ordenarlos de alguna forma, si os aburrís y tenéis tiempo, no dudéis en hacerlo – Lupó les guiñó un ojo.

- Perfecto, los dejamos aquí – Sebas había elegido la estanteria más cercana a la puerta para dejar ambos libros – Ahora nos marchamos que se nos ha hecho tarde.

- De acuerdo, pasadlo bien lo que queda del día. Yo seguiré leyendo un rato y en seguida bajaré también – les despidió con una amplia sonrisa.

- Cuídate Lupo, nos volveremos a ver – Toni alargó la mano a Lupo. Sebas hizo lo mismo inmediatamente después.

Recogieron sus mochilas, se ataviaron y salieron de la biblioteca. A buen ritmo estaban descendiendo hacia sus casas, la emoción, además de la posible preocupación de sus respectivas mujeres por la tardanza, les hacía ir más deprisa que de costumbre, arriesgando incluso a torcerse algún tobillo en la bajada del monte.

Pero llegaron abajo sin ninguna complicación, cogieron el coche y el conductor, Toni, primero acercó a Sebas a su casa, para luego continuar hasta la suya.

Ambos descansaron bien, con un nuevo libro en la mesilla de noche, un libro que tenía polvo, pero que olía a monte, caminos, senderistas, etc. y eso multiplicaba su valor de forma incalculable. El día siguiente era lunes y había que madrugar para ir a trabajar, ni Toni ni Sebas vivían de sus rutas de fin de semana, necesitaban trabajar para poder seguir sobreviviendo en la jungla urbana.

Continúa …

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